Siempre me ha inspirado el trabajo de mujeres artistas que han sabido transmitir sus experiencias íntimas sobre la vida a través de su obra. Louise Bourgeois y sus esculturas sobre su infancia y la relación con su padre. Marina Abramovic y sus performances sobre los límites del cuerpo. Ana Mendieta y sus acciones en conexión con la naturaleza.

 

Después de trabajar a lo largo de la carrera con todo tipo de materiales descubrí de manera fortuita el placer de trabajar con las manos desnudas un material tan maleable y gustoso como es la arcilla. El silencio y la conexión íntima, casi sensual, que se crea con éste material mientras le doy forma me tienen tan enganchada por el momento que casi todas las ideas que proyecto en estos últimos tiempos son hechas de barro.

Me conmueve trabajar con un material tan natural, polvo de la propia tierra amasado con agua, que toma forma a partir de la suave presión de mis manos y que solo necesita de aire y fuego para endurecer y volverse un material perdurable y resistente.

Las cocciones de raku, en las que las piezas son sometidas a violentos cambios de temperatura aportan a las piezas un aspecto ahumado, un poco tosco, de un objeto que ha sobrevivido desde su nacimiento a una dura experiencia.

 

El proceso de creación de una escultura necesita un tiempo, muchas veces lento y técnicamente repetitivo que a menudo me lleva a un estado de mucha presencia. En esos momentos siento que soy una con la materia y que no hay distancia entre lo que soy y lo que hago. La escultura me permite estar conectada con la conciencia de mi experiencia vital y me recuerda poner atención en dónde y a quién dedico mi tiempo y mis afectos, las dos cosas más preciadas de la vida. En mis piezas pongo el amor que siento por poder experimentar el mismo hecho creativo mientras exploro la forma de todo lo que está vivo, de todo lo que crece, se reproduce, enferma o muere.