Cien millones de veces

“I spend my time very easily, but wouldn’t know how to tell you what I do… I’m a respirateur – a breather. I enjoy it tremendously.” (Marcel Duchamp, Conversación con VCalvin Tomkins 1964)

El primer impulso que hacemos al nacer es llenar nuestro cuerpo de aire y con ese primer grito nos conectamos con la vida. El aire penetra en nuestros pulmones y este elemento invisible empieza a formar parte de nosotros manteniéndonos vivos. Entre esta primera bocanada de aire que nos conecta a la experiencia vital y la última, nuestro tiempo se mide en unas cien millones de respiraciones. Rítmicamente, nuestro cuerpo inhala y exhala esa materia impalpable que nos rodea, conectándonos de manera íntima con el espacio, alimentándonos de él, viviendo a través de él.

En esta serie de esculturas, una forma etérea se escapa de la más grande de las aberturas. La masa agujereada, sinuosa, sugiere que el interior de las piezas no es vacío, y a la vez, conecta el interior de la pieza con el espacio que la rodea. Este volumen lleno de orificios por donde se cuela el aire, simboliza el espacio intermedio, compartido, el volumen de aire imprescindible que necesitamos a nuestro alrededor para respirar. Un acto invisible, inconsciente y repetitivo que nos acompaña de manera silenciosa mientras vamos desenvolviéndonos por la vida.

Cuando dejó de producir obra, Marcel Duchamp se definió en 1966 com “un respirador”: “Me habría gustado trabajar, pero dentro de mí había una enorme pereza. Me gusta más vivir, respirar, que trabajar. No considero que el trabajo que he realizado pueda tener ninguna importancia social en el futuro. Por lo tanto, si queréis, mi arte seria vivir; cada segundo, cada respiración es una obra que no está inscrita en ninguna parte, que no es ni visual ni cerebral. Es una especie de euforia constante.” – (Marcel Duchamp, Conversación con Pierre Cabanne 1966)